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Energía
atómica o cambio climático: los dividendos de un falso dilema
En
estos momentos, en ninguno de los 15 Estados miembros de la Unión Europea hay
una sola central atómica en construcción. En siete de esos países -Portugal,
Irlanda, Luxemburgo, Dinamarca, Italia, Grecia y Austria- no existe ninguna
central nuclear en funcionamiento. Otros cuatro -Alemania, Suecia, Holanda y Bélgica-
han decidido abandonar la energía nuclear en los próximos años. En los
restantes no hay planes activos para construir reactores en el futuro.
En
ese contexto, la comisaria de Energía y Transporte de la Comisión Europea,
Loyola de Palacio, ha propuesto que la Unión Europea enfrente los compromisos
de Kioto acerca de la reducción de gases de efecto invernadero mediante la
construcción de nuevas centrales atómicas. Su defensa de la energía nuclear
ha encontrado una rápida respuesta por parte de la comisaria de Medio Ambiente,
Margot Walström, quien ha señalado que la sociedad europea no tiene que elegir
entre el cambio climático o las nucleares (entre la peste o el cólera dirán
algunos). Incluso el ministro español de Medio Ambiente, Jaume Matas, se ha
desmarcado públicamente de su compañera de partido.
La
energía nuclear quedó excluida de la lista de medidas energéticas del
Protocolo de Kioto, entre otras cosas debido a los argumentos defendidos por la
Unión Europea. Resulta cuando menos sorprendente que una responsable de la
Comisión se muestre abiertamente en contra de la política europea respecto al
cambio climático. Sin embargo, las declaraciones de Loyola de Palacio no han
sido una improvisación. Hace tiempo que ha asumido el papel de la gran lobbista
nuclear en Europa, en una coyuntura internacional en la que el presidente
estadounidense, George Bush, ha pedido reabrir la opción energética nuclear
para su país.
Los
intentos de la industria nuclear de aparecer como parte de la solución ante el
grave problema ambiental del cambio climático comenzaron ya en los años
ochenta. Con la caída de los precios del petróleo de esos años, la industria
atómica empezó a sentir los efectos del cambio de tendencia respecto a su
porción en la tarta energética mundial. El cambio adquirió tintes de declive
tras la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil (Ucrania) en 1986, catástrofe
que ha dejado, hasta el momento y según cifras oficiales, un legado de siete
millones de personas afectadas, 165.000 personas fallecidas y más de 240.000
millones de euros en pérdidas. Tras esa imponente tragedia, la credibilidad en
la seguridad de la industria nuclear quedó irreversiblemente dañada a los ojos
de la opinión pública.
En
el año 2000, las 438 centrales atómicas activas en el mundo produjeron el 7,6%
del total de la energía primaria consumida a nivel mundial. Según datos de la
Organización Internacional de la Energía Atómica, su potencia instalada ese año
era de 4.500 gigavatios, aproximadamente la treceava parte de lo que la OIEA había
previsto para esa fecha, tras las crisis del petróleo de los años setenta.
En
Estados Unidos, país que lideró el desarrollo de la energía atómica, no se
ha ejecutado ningún nuevo encargo nuclear en los últimos 25 años. Solamente
en ese país, más de 120 proyectos nucleares han quedado en el camino debido,
fundamentalmente, a razones económicas. Con razón, la prestigiosa revista Forbes
calificó en su día a la historia de la industria nuclear como el mayor fiasco
en la historia económica estadounidense.
Las
razones de ese declive son bien conocidas. En primer lugar, la energía nuclear
es peligrosa.
La
tragedia de Chernóbil puso punto final al debate sobre la seguridad de las
centrales atómicas. En segundo lugar, la industria atómica no ha sido capaz de
encontrar una solución satisfactoria al inmenso problema que supone generar
residuos radiactivos, cuya vida activa se cuenta por siglos. Las cien próximas
generaciones de seres humanos deberán vigilar los residuos radiactivos
producidos en los siglos XX y XXI, lo que no parece, precisamente, un ejemplo de
desarrollo sostenible. En tercer lugar, la energía nuclear ha perdido la
batalla de la competitividad económica en unos mercados energéticos cada vez más
liberalizados. Para la industria nuclear, la dura realidad es que los inversores
privados la han abandonado hace tiempo. Se entiende que, sumida en un fuerte
declive, la industria nuclear se agarre al problema del cambio climático como a
un clavo ardiendo.
En
los acuerdos de Kioto la Unión Europea se comprometió a reducir en un 8% sus
emisiones de gases de efecto invernadero en 2008-2012 respecto a las de 1990.
Según los informes remitidos por la Unión Europea a las Naciones Unidas, las
emisiones de la UE en 1999 fueron un 4% menores que las del año de referencia,
1990. Para los próximos años, recientes estudios de la Comisión Europea
citados por la Agencia Europea del Medio Ambiente señalan que los objetivos del
Protocolo de Kioto son alcanzables si se adoptan una serie de medidas y políticas
a nivel de los Estados miembros y de la Unión en su conjunto A la hora de
evaluar las medidas para hacer viable el objetivo de Kioto es importante tener
presente que las actuales emisiones de gases de efecto invernadero se originan
en cinco grandes sectores: el 27% proceden del sector de la energía, el 22% del
consumo doméstico, el 21% de la industria, el 20% del transporte y el 10% de la
agricultura. De estos cinco sectores, el del transporte es el único que está
incrementando su proporción en el total y lo está haciendo de manera explosiva
-la comisaria de Energía y Transporte debería decir algo al respecto-. Es
importante tener en cuenta dónde se están generando las emisiones, ya que se
trata de promover una transformación profunda multidireccional en el consumo y
la eficiencia energética que abarque a todos los sectores de la economía. Muy
especialmente en el sector del transporte.
Las
medidas desplegadas por la Unión Europea se basan, en buena medida, en las tres
líneas que el movimiento ecologista internacional viene defendiendo desde hace
años: ahorro, eficiencia y apoyo a las energías renovables. Incluyen
instrumentos económicos -suprimir los subsidios a los combustibles fósiles y a
la energía nuclear (Libro Verde de la Energía), precios eficientes de los
combustibles de transporte e internalización de las externalidades ambientales
asociadas al transporte. Incrementar la eficiencia energética en la industria.
Apoyar los equipamientos energéticamente eficientes en los hogares. Promover
programas de implantación de la mejor tecnología disponible (BAT) en las
industrias europeas. Continuar cambiando el combustible utilizado en las
centrales eléctricas -suprimiendo las basadas en el carbón-...
La
comisaria de Energía y Transporte, Loyola de Palacio, es consciente de que, hoy
en día, es inviable la opción de nuevas centrales nucleares en la Europa
comunitaria, con o sin el Protocolo de Kioto actuando de coartada. ¿Por qué
entonces su campaña pronuclear? Porque indirectamente ofrece un doble
dividendo.
Por
un lado, políticamente es útil para Gobiernos como el del Partido Popular, que
es el que presenta las peores tendencias de emisiones entre los 15 países
miembros de la Unión Europea respecto a los acuerdos de Kioto.
En
el año 2000, las emisiones en España han sido un 33,70% superiores a las de
1990, cuando, según dicho acuerdo, no deberán superar el 15%. Al desviar la
atención pública hacia la necesidad de construir nuevas centrales atómicas se
crea una cortina de humo sobre la propia incompetencia del Gobierno en el tema
del cambio climático. Al mismo tiempo, sutilmente se prepara a la opinión pública
para que, llegado el momento, acepte el mensaje de que no se pudieron cumplir
los objetivos de Kioto porque los ecologistas y sus compañeros de viaje no
permitieron levantar nuevas centrales nucleares.
El
segundo dividendo es económico. Las primeras generaciones de centrales atómicas
están llegando al final de su vida útil (Zorita finaliza su teórica vida útil
en octubre de este año). La industria nuclear europea quiere evitar a toda
costa que, en los próximos años, se cierren las centrales actualmente en
funcionamiento. Ello supondría su desaparición como industria en Europa y
enviaría una señal 'muy negativa' a los mercados de los países en desarrollo.
Amortizadas
ya las inversiones, la industria no quiere perder el enorme flujo de beneficios
que le proporcionan los reactores. El tema es, por tanto, de hondo calado para
la industria nuclear. Presionando a la opinión pública para que se creen
nuevas centrales, el dividendo esperado es que, al menos, no se cierren las
existentes.
Extraído de: El País
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